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El Camino

 

 

El Proyecto Camino, fue un Peregrinaje “con y por” los animales, organizado para ADANA, una asociación protectora de Andalucía. 15 Peregrinos humanos de 9 nacionalidades y 15 perros abandonados, caminaron juntos durante 7 semanas, desde su refugio en Estepona cruzando a toda España, hasta Santiago de Compostela, por los derechos de los animales.

Cientos de personas les acompañaron en su marcha por las ciudades, amigos de animales, asociaciones protectoras y la prensa, se juntaron a su peculiar marcha.

 

Fue una experiencia preciosa e inolvidable para todos los participantes. Visita el blog de los senderistas: http://blog.elcamino2009.com/ y comparta con ellos su emotiva marcha.

 

A continuación un resumen final del viaje, escrito por la organizadora del evento:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un peregrinaje Canino 

Por Johanna Mayrhofer

Nunca antes me había percatado de la relatividad del “tiempo” como hasta ahora, tras nuestro peregrinaje a Santiago con los perros. Siete semanas de camino, día tras día la misma rutina y, sin embargo, ningún día fue igual al anterior. Fue un viaje largo y en ocasiones tenía la sensación de estar muy, muy lejos de casa; aún así, las semanas pasaron volando. Cuarenta y nueve días de levantarse al amanecer y caer rendida en la cama por la noche. Los perros se despertaban cada mañana tan pronto oían mi voz y golpeteaban el remolque impacientemente con las patas; así que: a abrir las jaulas rápidamente, darles un pequeño paseo para hacer sus necesidades y enseguida preparar su desayuno energético --un pienso especial para “perros deportivos” mezclado con aceite de oliva para darle mas sabor--. Antes de partir, revisábamos las patas de los perros y les poníamos una pomada especial para protegerlas. Un perro para cada peregrino, una botella con agua, una bolsa de plástico y partíamos, caminando un promedio de 25 kilómetros. 

¡Sin duda los perros son los campeones! No se les hacen ampollas en los patas, no se cansan, y no se ponen de mal humor cuando el día ha sido demasiado largo, el camino demasiado mojado o el alojamiento muy primitivo.  La rutina diaria únicamente era interrumpida por visitas a colegios, donde nuestros amigos de cuatro patas disfrutaban de gran cantidad de caricias; ruedas de prensa y reuniones con otras organizaciones protectoras de animales. A diferencia de los peregrinos que tuvieron que descansar en una cama diferente cada noche, los perros y yo tuvimos el privilegio de poder dormir en la misma cama todas las noches, ellos en sus jaulas dentro del remolque y yo en mi coche, conectada a ellos por medio del enganche del remolque. Cada movimiento dentro del remolque hacía que mi cama también se moviera. Cada día me sentía más y más conectada a ellos. Sorprendentemente, a los perros les encantaban sus jaulas y no veían la hora de meterse en sus camas, nunca más tarde de las 8:00 pm. A partir de ese momento el silencio era absoluto hasta el amanecer. Nuestros “chicos” estuvieron maravillosos, verdaderos héroes del Camino. Valiente e incansablemente recorrieron el largo camino desde Estepona hasta Santiago. Se convirtieron en embajadores de todos los animales, portadores de la esperanza para un futuro mejor, cumplieron su tarea con dignidad, meneando las colas y con una alegría contagiosa. 

¡Tres hurras para los perros del Camino!  Son una mezcla de razas, colores y caracteres. Cada uno tiene su historia y su personalidad. El bebé gigante Alfie, que se contonea y se revuelca en el suelo cuando lo acarician; el pequeño Rompe, que siempre encuentra con quien jugar; el tímido Moro y sus ojos color ámbar; Harpo, que desearía ser grande para jugar a ser perro guardián; el leal y bello Uno; Perrie, que se pavonea como princesa; Rambo, el príncipe blanco de ladrido profundo, Paca, la caza-ratones…todos ellos se han ganado un lugar en nuestros corazones.  El “hecho heroico” de caminar 1.200 kilómetros no es lo que los hace especiales, ya que lo han disfrutado más que nosotros, sino que es su personalidad lo que los hace tan adorables. Han demostrado lo que unos cuantos perros pequeños pueden lograr, perros sin dueño y sin pedigrí. Sólo con darles un poco de atención y tratarlos bien son capaces de caminar contigo hasta el fin de mundo. A excepción de algunos pequeños problemas como una espina en una pata y un poco de cansancio en los pocos días de calor, los perros caminaron siempre con la cola en alto. Afortunadamente escogimos la mejor temporada del año para nuestra aventura y a pesar de unos cuantos días lluviosos, el tiempo estuvo ideal para caminar, soleado y fresco.  

Cerros ondulantes, montañas escarpadas… Es imposible comparar los ondulantes cerros de la Dehesa de Extremadura y sus praderas –-suculentas para vacas y ovejas, que pastaban  buscando sombra bajo los antiguos y nudosos robles--, con las escarpadas montañas y profundos valles de Andalucía, que tanto trabajo nos costaron los primeros días. La belleza y la variedad de paisajes en el camino serían motivo suficiente para recorrer El Camino de nuevo. Y de nuevo lo haría en primavera, no sólo por las agradables temperaturas (es más fácil caminar con una brisa fresca que bajo el ardiente sol) sino por la gran variedad de colores: el azul de la lavanda junto a la retama reluciente, árboles con florecillas color rosa pálido, y las montañas nevadas al fondo. Al norte de Zamora las aldeas abandonadas dominan el panorama, con casas construidas en su totalidad de piedra, hasta los tejados; enfiladas entre estrechos caminos por donde sopla el helado viento de las tierras altas y donde únicamente quedan unos pocos habitantes cuya edad media ronda los 70 años. Al preguntar si había escuela, la respuesta fue un claro: “Aquí no”. Los jóvenes prefieren vivir en las ciudades y de todas formas no hay trabajo. Un paisaje duro y áspero, atractivo para el que viene de visita pero otra cosa muy diferente para el que vive ahí. Y finalmente las verdes y “suculentas” praderas, las cristalinas aguas de los riachuelos de Galicia, sus campos rodeados de paredes de piedra, sus casas también de piedra y su lengua gallega, la cual me sonaba tan extraña que en ocasiones parecía que ya no estábamos en España. 

“El que agota el cuerpo libera el espíritu”,me explicó en una ocasión un miembro de una asociación de peregrinos.  No se va en busca de inspiración espiritual, sino de esa increíble sensación de haber despejado la mente. Quizás una peregrinación rodeada de 30 pies y 60 patas no es el momento ideal para “encontrarse a sí mismo”, pero noté que aprendimos a apreciar las cosas sencillas de la vida: el poder colgar los pies en un arroyo fresco, una ducha caliente, una cerveza fría... de repente te percatas, y realmente disfrutas, de esas pequeñas cosas. Nuestras experiencias y emociones parecían ser más intensas. 

Y luego está lo de la convivencia.  Para aquellos que nunca han pasado una noche en un albergue de peregrinos, es difícil imaginar el revoltijo de olores y ruidos que fácilmente pueden robarle el sueño merecido a un pobre peregrino (puedo entender que un grupo de quince peregrinos no es lo más agradable a la hora de dormir para otros peregrinos). Pero no eran sólo las noches: fue sin duda una época muy intensa de convivencia, especialmente para los ocho participantes que caminaron las siete semanas completas y pasaban las veinticuatro horas del día juntos, para nuestro equipo de filmación de tres personas, para Dietmar que alimentaba a veinte personas desde su caravana y para mí, organizadora del evento y “mamá” de los perros. No me sorprendería en lo más mínimo que lo filmado tenga un toque de “reality show”. Se formaron amistades que a lo mejor durarán toda la vida, pero también hubo tensiones y lágrimas.  Como un regalo del cielo, se nos unió un participante inesperado. Cuando empecé a organizar este proyecto, deseaba enormemente poder incluir un burro para que nos acompañara pero, debido a cuestiones de logística, no fue posible. Pero el burro llegó por sí solo acompañado de un peregrino con mucha experiencia y este hecho enriqueció verdaderamente a nuestro grupo, y no sólo por su burro. Narciso de Chipiona (provincia de Cádiz) se unió a nuestro grupo a la salida de Sevilla. Su manera tranquila y relajada de recorrer del camino casi provocaba la envidia de los peregrinos, que valientemente soportaban los cinco kilómetros por hora --con Patrick de líder-- incluyendo descansos. Narciso partía cada día antes que nosotros y llegaba después. En el camino nos lo encontrábamos tomando una siesta, el burro libre de su pesada carga, pastando y Narciso cómodamente echando una siesta bajo la sombra de un árbol. 

La colorida mezcla de personalidades, nacionalidades y lenguajes no sólo enriquecieron al grupo, sino también impresionaron a la prensa y a las autoridades locales.   El hecho de que personas de todo el mundo – nueve nacionalidades en total – caminaran a lo largo de España con el fin de llamar la atención a los derechos de los animales dio que pensar a muchos. Si pudiéramos medir la situación en España por lo vivido en El Camino, podríamos pensar que vivimos en un mundo sano. Los que salieron a recibirnos no son los mismos que maltratan a los animales, ¡esos no dan la cara!  Pero por ahí están y por ahí seguirán, aún después de que hayamos terminado El Camino. No podemos cambiar al mundo de la noche a la mañana y sabemos que falta mucho para alcanzar la meta, pero hemos comenzado algo que no podrá detenerse tan fácilmente. El Camino se ha convertido en un símbolo para los grupos protectores de animales. Éste ha sido el inicio de un recorrido común. Únicamente podemos tener la esperanza de que lo prometido por el Presidente de Extremadura se cumpla, pero el solo hecho de que recibiera a quince perros y un burro en el palacio presidencial sube el nivel de importancia de la protección de animales en Extremadura de cara al público. Y esto es precisamente lo que esperábamos lograr: llamar la atención, promover el diálogo y no dejar la protección de animales únicamente a los grupos protectores de animales. La protección de animales es algo importante para todos nosotros, somos los responsables de su cuidado porque son seres vivos y compartimos este planeta con ellos. 

Cada viaje es una experiencia y si viajas con los ojos bien abiertos puedes aprender muchas cosas. Los numerosos encuentros y reuniones con los grupos locales protectores de animales fueron muy importantes y enriquecedores para mí. En este viaje me he dado cuenta de muchas cosas y lo más doloroso ha sido el darme cuenta de que muchas veces somos nosotros mismos, los protectores de los animales, la razón principal por la cual las cosas no cambian. Si solucionamos los problemas de los Ayuntamientos en vez de exhortarlos a que hagan su trabajo, lo que en realidad conseguimos es evitar que actúen. Existen muchos grupos protectores de animales como ADANA, que durante veinte años ha cuidado de perros y gatos abandonados sin recibir apoyo alguno de autoridades locales. En el Camino visitamos varios refugios, en uno viven más de ochocientos perros en perreras grandes, más de cien perros dentro de cada perrera. Son tres personas que hacen una labor increíble al cuidar de todos estos animales. Sacrifican todo su tiempo libre y viven para los perros, pero debemos preguntarnos: ¿realmente tiene que ser así la protección de animales? ¿Tiene sentido tener estos almacenes de perros? Todos nos enfrentamos al mismo problema, un pequeño grupo de voluntarios que se sacrifican para hacer algo por los animales. Toda nuestra energía está enfocada al cuidado de un grupo de perros que continuamente está creciendo. No queda tiempo para acción política ni para programas educativos. 

El Camino fue el principio, el principio de un camino que debemos recorrer unidos. Debemos aprender unos de otros, debemos avanzar juntos y promover un cambio, de lo contrario todo nuestro esfuerzo carece de sentido alguno. Organizaremos una reunión en octubre y todos los que de alguna u otra manera participaron en el proyecto El Camino, están invitados: los peregrinos que nos acompañaron, grupos protectores de animales y ayuntamientos. Esta reunión nos dará la oportunidad de compartir experiencias, recibir y dar consejos, iniciar el proceso de cooperación, crear proyectos educativos mutuos, prestarnos ayuda y organizar movimientos políticos. Nuestra llegada a Santiago de Compostela, donde nos acompañaron más de 200 miembros de grupos protectores de animales con aproximadamente el mismo número de perros, fue una gran experiencia. Cuando, tras siete (largas) semanas, finalmente nos encontramos frente a la imponente catedral, no podíamos contener el llanto. Nos abrazamos unos a otros y todo quedó atrás, las ampollas en los pies, los ronquidos en los albergues, los días lluviosos y el cansancio.  ¡Lo habíamos logrado! 

Me hubiera gustado que todo el mundo escuchara las palabras del Padre Francisco durante la siguiente misa y cuando bendijo a los animales en la iglesia de San Francisco, situada a continuación de la Catedral. Sus palabras hubieran logrado que todos aquellos que maltratan a los animales se pusieran rojos de vergüenza. Nunca antes había escuchado a alguien expresar tan claramente y desde el corazón algo tan importante: compartimos este planeta con los animales y todos formamos parte de la misma creación.

 
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